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Historia

  1. Adara, Pasado y Presente
  2. El Inicio
  3. La Era de los Hombres
  4. Los Valar: Los Nuevos Dones
  5. La Segunda Era: Fin y Principio

CAPÍTULO I

Adara, Pasado y Presente


“Escúchame, joven descendiente de nuestra estirpe, pues el mundo ya era viejo cuando mi ojos se abrieron ante su belleza, y han sucedido tantos hechos que faltan plumas para escribirlos y lenguas para narrarlos. Pero no te inquietes, joven amigo, que nada has de temer. Ni siquiera aquello que desconoces.

Tan humanos y mortales como yo, son esos cuentos que también podrás leer, pero que la palabra que cuento no te despiste, pues hay cosas tan ciertas en ellos como que el sol cada día sale y se esconde, como que la claridad reina en los lugares mas recónditos y oscuros, como que el ojo elfo divisa en la distancia aquello que el humano jamás soñó ver. Y no dudes en los pálpitos que conduzcan tu corazón a través de cada una de estas historias.

Verás relatos de aquellos que fueron viejos cuando el mundo aún era joven, de aquéllos que vieron el pasar y el renacer de las eras, y que inmortales al paso de las edades, aún perduran incluso cuando todos sus camaradas ya han muerto. Y con la suerte de ser transmisora de esos escritos que estaban a mano de unos pocos privilegiados, yo te invito a leer sobre aquello cuanto mora más allá del espacio, del tiempo o del lugar. No pierdas detalle viajero, esto es todo lo que contaré sobre estas tierras imperecederas...”


CAPÍTULO II

El Inicio


Sin forma alguna, inmersos en el vacío que les rodeaba, coexistían la nada y el todo. De esa nada, nació el todo. El primer ser de Adara había sido creado, no conocía su procedencia, no conocía ser superior a él. Tomó entonces consciencia de su supremacía, consecuencia de ese todo y de esa nada. Algo en su interior habló, transmitiéndole los hechos que acontecerían en las eras venideras, transmitiéndole sabiduría, poder y consciencia. Sus ojos se acostumbraron a la negrura impenetrable que le rodeaba y vislumbraron una pequeña bola de agua, que se expandía y contraía en medio de aquel negro Universo. Sus manos la tocaron, mientras un sentimiento fuerte y oculto guiaba su corazón. La bola cambió de forma creciendo unos centímetros. Aquel ser continuó tocando la bola, moldeándola con sus manos hasta que la bola se hizo tan grande que ocultó los astros del universo. Finalmente, consiguió encaramarse a la bola y cuando éste la tocó con sus pies, de ella empezaron a surgir bonitas formas y la gran bola azul se lleno de colores.

Nacieron los ríos, las montañas, los bosques, las praderas y desiertos. Nació la roca, la raíz, las semillas, las plantas y algas, los nutrientes que darían fruto en los campos y bosques.

El mundo se forjó a manos del primer señor de Adara. Un gigante.

El gigante creó a sus hermanos. Observaron el mundo y sus características, dándose cuenta de que todo cuanto habían creado era más pequeño que ellos mismos. Los árboles no les llegaban tan siquiera a las rodillas, el agua no cubría sus tobillos. Se preguntaron de que manera sus descendientes podrían habitar en un mundo donde todo cuanto les rodeaba eran más pequeño que todos ellos. Entonces, los gigantes crearon la raza humana, diminutos a sus ojos, pero grandes a los ojos de las pequeñas criaturas que ya poblaban el mundo.

Los propios gigantes forjaron su propio mundo, desde el cual velarían por los humanos. Y a éstos, les erigieron una primera ciudad que se levantó bajo una montaña. A la ciudad la llamaron Viento y a aquella montaña, La Montaña del Comienzo.


CAPÍTULO III

La Era de los Hombres


Los seres humanos descubrieron los bienes del exterior y las ventajas de vivir al cobijo de la roca. No padecían los fríos del invierno ni el calor del verano. No padecían las lluvias, ni las tormentas y, sin embargo, disfrutaban de la caza y el cultivo que les ofrecía el mundo exterior.

Los gigantes crearon a unos seres intermedios para proteger los elementos de los que los hombres habrían de disfrutar. Crearon a los Golem, para guiar a los humanos y avisarlos de posibles peligros.

Pero un día todo cambió.

Los humanos decidieron expandirse y probar suerte lejos de Viento. Querían explorar mas allá de la gran Montaña del Comienzo. Y pese a la oposición de Gigantes y Golems, lo hicieron.

Algunos humanos permanecieron en Viento, otros, marcharon mas allá de las junglas del sur, otros partieron al norte y algunos buscaron habitar las islas. Y así, poco a poco, el mundo se fue poblando de humanos que fueron adaptándose a las circunstancias que los rodeaban.

A lo largo de muchos años, los humanos fueron cambiando. La piel de los habitantes del sur tenia un color muy distinto a los del norte, el sol les daba el dorado y el frío les daba la palidez de la nieve. Sus costumbres también eran distintas, así como su lenguaje fue cambiando para derivar en muchas lenguas y dialectos.

Pero los Gigantes y Golems pronto dejaron de temer por la supervivencia de sus hijos, ya que estos habían demostrado que eran capaces de subsistir por sí solos.

Los hombres empezaron a dar forma a sus propias creaciones. Algunos crearon utensilios que serian útiles en el día a día cotidiano. Aprendieron a sacar el fruto de las montañas y con el mineral que extraían forjaban armas y armaduras. De la tierra extrajeron barro y cristal, con el cual darían forma a muy diversos objetos. De los campos extrajeron lino y algodón, con el cual tejerían ropas y mantas. Y de los animales, además de aprovechar su carne, aprendieron a dar forma a sus pieles. Estos hombres fueron reconocidos como artesanos.

Aquéllos que dejaban la seguridad de los núcleos y se aventuraban en busca de enseres fueron conocidos como cazadores. Pronto empezaron también a buscar lugares nuevos en bosques, montañas y profundidades y el mundo de Adara los llamó exploradores.

Algunos dotados de gran sabiduría e intelecto, descubrieron un arte al que llamaron magia. En principio, todos recelaron de ese arte que parecía tan sorprendente y mortal a la vez, pero entonces descubrieron que la magia podía darles luz, sustento y salud. Los magos experimentaron en busca de nuevos hechizos y remedios y, así, nació la alquimia, atesorada siempre por los primeros druidas y curanderos de los hombres.

Por designio divino, los hombres aún no conocían la muerte. Después de más de mil años, los primeros creados por los Gigantes aún habitaban en Adara. Tan ancianos y tan sabios como el propio mundo.

Las armas se amontonaban en los almacenes de las herrerías. Arrumbadas en baúles y barriles, veían caer el polvo sobre ellas. Entonces los artesanos comenzaron a buscarles un fin porque, seguramente, por algo habían sido creadas. Las ofrecieron a cazadores y exploradores, y éstos empezaron a darles uso en sus partidas al bosque y a las profundidades de la tierra y los océanos.

Los seres humanos, que en principio compartían sus bienes, un día empezaron a pensar en cuántas cosas podrían obtener si en vez de regalar sus enseres, los cambiasen por algo, que podría ser más valioso que cualquier objeto o alimento. Entonces, los artesanos vieron aquel mineral dorado surgir de las entrañas de la tierra y decidieron que aquella sería la moneda de cambio para todo cuanto un hombre quisiera obtener.

El oro, pues así lo llamaron, se repartió por igual entre todos los habitantes de Adara sin excepciones. A su vez, de otros dos minerales menos vistosos, crearon otras dos clases de monedas que tendrían menos valor. Con el fin de equilibrar el uso de aquel bien, nacieron los gremios; y los pertenecientes a sus gremios y sus familias decidieron agruparse y fundar nuevas ciudades.

Fue así como los artesanos decidieron fundar Príamo, los exploradores Megara y los magos Pérgamo. Pero para cuando los miembros de los gremios llegaron a aquellos lugares donde querían alzar sus ciudades, se dieron cuenta de que muchos seres desconocidos para ellos ya habitaban allí y no parecían dispuestos a darles su trozo de Adara para vivir. Las criaturas salvajes encararon a los humanos, dispuestas a pelear. Ante aquella amenaza, algunos de los exploradores que habían experimentado el uso de las armas para la caza, se enfrentaron a las criaturas desterrándolas de aquella tierra y obligándolas a vivir muy lejos de allí.

Así fue como nació el gremio de los Guerreros, que serían quienes defenderían a sus hermanos ante posibles ataques del exterior.

Los años pasaron y el mundo de Adara continuó sumido en su armonía y en su rutina. Hasta que la codicia pudo a algunos hombres, que querían tener más de lo que se les había otorgado, que ponían en sus manos lo de los demás y no dudaban en hacer aquello que hasta entonces no era conocido entre humanos, dar muerte. Aquellos hombres codiciosos, sigilosos y capaces de arrebatar el don de la vida a sus hermanos, se hicieron llamar Asesinos y Ladrones, y también fundaron su gremio, asentándose en la isla de Farsalia.

Las distintas ciudades buscaron defenderse de aquel implacable gremio, pero estos, más avispados que el resto, provocaron discusiones entre los propios gremios que derivaron en disputas y luchas, para al fin desencadenar en una gran guerra.

El fin del mundo de Adara tal y como los gigantes lo crearon había llegado.


CAPÍTULO IV

Los Valar: los Nuevos Dones


Los creadores y protectores del mundo de Adara no comprendían el porqué de las acciones que los humanos estaban llevando a cabo. Para ello, crearon a los Valar, dioses que se asemejarían a los humanos en sus convicciones y apariencia, pero que tendrían poder sobre éstos. Los gigantes crearon a los Valar según las necesidades de Adara.

Formados como sus propios hijos y dioses primigenios, nacieron Coke, dios de la Guerra, Aliyah, diosa del Orden y para albergar las almas de los caídos en la guerra, los gigantes crearon un plano paralelo al que llamarían Inframundo y crearon a su dios custodio, Damien, dios de la muerte, el caos y el inframundo.

Fruto de la unión de Coke y Aliyah, nacieron el dios del tiempo, Tíaro, la diosa de la naturaleza, Kaethe, Talión, dios del odio y Emer, diosa del Amor.

De su unión, nacieron el Valar Gorgo, dios del Asesinato, Valar Merlín dios de la magia, Valar Eressar, dios de los artesanos y Valar Azabache, diosa y guia de los exploradores, para guiar a los gremios de Asesinos, Magos, Artesanos y Exploradores respectivamente.

De la unión de Aliyah y Talión, nació Calixto, diosa y guía de los guerreros.

De la unión de Azabache y Damien, nació Deidre, diosa de la sangre y las lunas, asi como su hermana Even, diosa del agua y de los soles.

De la unión de Merlín y Kaethe, nacieron Akonte, dios del fuego, y Nessa, diosa de la tierra.

De la unión de Emer y Eressar, nació Nassim, dios del aire y su hermano Parmoxius, dios de las criaturas.

De la unión de Even y Akonte nació Isar, diosa de la Luz.

De la unión de Parmoxius y Deidre nació Sari, diosa de la Oscuridad.

Entonces, gigantes y golems, avergonzados por el camino que había tomado el hombre, abandonaron el mundo, dejándolo en manos de los Valar y sumiéndose en un letargo del cual despertarían siendo enemigos de los hombres.


CAPÍTULO V

La Segunda Era: Fin y Principio


La segunda era de Adara comenzó con la supremacía del gremio de los guerreros. Éstos, asentados en la isla de Bricinia, mantenían al gremio de artesanos trabajando para ellos, sometiéndolos a duras jornadas de trabajo a cambio de un minucia. Algunos de los guerreros decidieron marchar de su gremio, ya que el honor y la virtud que sentían latir en su interior no era compatible con los actos del resto de sus compañeros. Aquellos guerreros marcharon lejos de su gremio y se convirtieron en guerreros bondadosos y nobles, devotos de los dioses y únicamente capaces de luchar si su causa era noble. A esos guerreros los llamaron Paladines.

Los gremios de los Magos y Asesinos, que habían quedado mermados y eran bastante minoritarios, decidieron unirse para combatir la supremacía de los guerreros. Los magos pidieron ayuda a Gorgo, Merlín, Damien y Parmoxius. Gorgo les proporcionó habilidades a los asesinos que antes no conocían.

Merlín les otorgó el poder de dar vida a cuerpos ya muertos mediante la magia. Damien les otorgó la llave que abre las puertas del Inframundo y Parmoxius el favor de dragones y demonios.

Aquéllos otorgados con el poder de crear no-muertos, se unieron en una sola comunidad y fueron llamados los Nigromantes. Los Magos crearon portales oscuros para comunicar las puertas del Inframundo con el mundo de Adara y los asesinos custodiaban las entradas esperando ver pasar a no muertos y bestias oscuras, y las guiaban hasta los asentamientos y gremios de guerreros para que los combatieran.

Pero todo aquello se les fue de las manos, y magos, nigromantes y asesinos, perdieron el control sobre bestias, no-muertos y portales y todo el caos que habían desatado fluyó por los confines de Adara para destruirlo todo a su paso.

Las ciudades fueron devastadas, los ríos anegados de sangre y lodo, crecieron las ciénagas y pantanos por doquier, infestando de enfermedades a poblaciones enteras. La muerte, el hambre, la peste y la guerra acabaron con todo cuanto encontraban a su paso.

Fue entonces cuando los hombres, arrepentidos, se replegaron de nuevo en Viento, la ciudad origen, y pidieron clemencia y ayuda a los dioses. Y éstos les dijeron:

"Os concederemos otra oportunidad. Os daremos una nueva vida para que podáis vivir y arrepentiros de vuestros actos, pero no sabréis que sois vosotros mismos, puesto que os borraremos la conciencia de todo cuanto habéis vivido y creeréis que sois náufragos en un mundo nuevo y que vuestra amnesia se debe al accidente que sufrió vuestro viaje en barco hacia cualquier ciudad. Moraréis en el plano de los dioses hasta que seáis llamados a este mundo para empezar de nuevo y cuando vayáis a hacerlo y paséis las pruebas que os impondremos, saldréis al mundo exterior y reconoceréis algunos lugares y otros no, pero a quien jamás reconoceréis es a vuestros padres y hermanos, pues se os otorgarán otros nuevos y una vida completamente nueva y de esta manera, volveréis a existir en Adara."

Y así, los supervivientes fueron apartados del mundo de Adara y llevados a un plano paralelo donde moran en un letargo. Merlín, Valar de la Magia, consiguió anular en parte el efecto de esos portales, que aunque ya no tendrían el mismo fin, servirían por toda la eternidad como nexo y salvoconducto para que las bestias del caos entraran en Arcadia y se comunicaran entre ellos mediante esos portales, que en adelante fueron llamados Puertas del Caos. Parmoxius replegó a dragones y demonios en cuevas y profundidades y el mundo de Adara, aunque destruido, estaba dispuesto a recomponerse.

Las antiguas ciudades por designio divino de Even, Akonte, Nassim y Nessa, fueron anegadas de agua, tragadas por los desiertos, destruidas por fuertes vendavales y hundidas en las entrañas de la tierra por terremotos.

Kaethe repobló los bosques y los campos, Aliyah paseó por Adara cubriendo la tierra con su manto del Orden. Y tanto las criaturas del caos como los animales que volverían a servir de alimento y ayuda a las generaciones venideras, encontraron el equilibrio.

Emer y Parmoxius engendraron un hijo que en adelante se ocuparía de enseñar a los hombres a amansar a las bestias y a cuidar de los animales, lo llamaron Asclo, y éste fue en adelante el Valar de los domadores de animales.

El Valar Tíaro se ocupó de manejar el tiempo y borrar de la memoria de éste todo cuanto había acontecido.

El resto de los dioses designaron a los Elegidos. Los únicos hombres que recordarían la catástrofe y que serían los encargados de reconstruir las ciudades y recibir en ellas a aquéllos que pasasen el proceso de iniciación en la Isla del comienzo, la Isla de Milos.

Y fue así como Adara comenzó a respirar de nuevo, a un ritmo pausado pero seguro.


Taresien de Pérgamo, Escriba e Historiador

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